miércoles, 4 de agosto de 2021

Abstemia

#Chaquen

Al inicio del proyecto Falsoz Profetas, una de las premisas (aparte del anonimato) era escribir por gusto, sin sentir la obligación de hacerlo por cumplir, pero siendo consciente de que el objetivo principal es pasarla bien, desde lo importante y no relevante, como un deseo propio.

El blog tiene un montón de opiniones, sin sentido quizás, pero con la tranquilidad de hacerlo por gusto, dentro de los espacios de cada autor, respetando la opinión de cada quién, aceptando que todos pensamos diferente, tenemos gustos diversos y que nuestra visión del mundo es tan personal, que todos tenemos la verdad o somos unos mentirosos, per se.

Al inicio del confinamiento, por la gripita del oriente lejano, que no iba a llegar por estas tierras, surge la idea como un espacio para desahogarnos de las labores diarias y buscando un espacio íntimo -diferente al espejo de nuestro baño-, que quizás nadie lo lea, pero que al menos, dentro de las sugerencias de estilo entre los tres mosqueteros, sabemos que al menos, alguien nos leyó, así sea uno sólo.

Paralelamente, cada uno ha vivido esta experiencia diferente desde puntos de vista y estilos de vida propios: desde la compañía en pareja, la locura de las mascotas, la soledad del encierro, pero también pasando tragos de felicidad y alegría, cuando una reunión virtual, diferente a las del trabajo diario, se nos permite.

En el encierro, la compañía es clave e importante, desde la familia, los hijos, como la buena comida y por supuesto, las bebidas alcohólicas, que nunca faltan ni deben faltar, al menos para probar algo diferente al té, café, chocolate, gaseosa, jugo, agua, caldo, sopa, salsa, entre otros sabores; así como la música, la que sea, desde los buenos boleros o las baladas americanas de antaño, pasando por la alegría del merengue, la salsa, el reguetón, sin olvidar el buen rock, en el idioma que prefiera, hasta la música sin letra o con letras intrascendentes, con la música clásica o los aires propios y característicos de cada región.

Lo interesante del tema es que cada uno ha escrito de temas que ha querido y quizás nadie ha preguntado si son experiencias vividas o sencillamente es la necesidad de ocupar una hoja en blanco para quedar bien con los otros. Pero en este caso, esta columna sin sentido e intrascendente, que parece un salpicón o un collage, quiero cerrarla narrando una experiencia que me ha parecido fabulosa: cumplí varios meses sin ingerir licor, como antes.

Mi primera borrachera fue antes de cumplir los 13 años, en un 23 de diciembre, 25 cervezas que no tengo ni idea como fueron ingeridas por un adolescente que celebraba por su primer sueldo de mensajero y ayudante de litografía y como despedida de año; y partir de ese momento, todo el trago que llegara, cayendo rápido por no comer hasta durando muchísimos horas sentado hablando mierda y solucionando el país, con la morbosidad del ser humano por todo, incluidas ellas, pasando por la rumba, pues sin ser buen bailarín, me defendía gracias a los inolvidables merengues de la adolescencia, sin negar uno que otro reguetón universitario.

Nunca le hui al trago, al contrario, cuando más lo quería se alejaba y cuando menos lo quería, aparecía como los buenos amigos. Pero en algún momento, después de una resaca maluca, no la peor, pero si en el momento justo, me planteé la posibilidad de dejar de beber, no porque me disguste sino porque en la soledad, los recursos y las tristezas eran el alimento para mantenerse en un círculo vicioso que me estaba matando.

La depresión existe, por más carácter que tengamos y por más berracos que creamos ser, y aunque el trago a veces distrae, cuando ya deja de cumplir su función termina volviéndose un karma, pues la cabeza siente ansiedad y anhela recuperar lo perdido, sin aceptar que el fracaso es una manera de sobrevivir, de reinventarse, de amar, dejando ir.

Al inicio de la pandemia una que otra cerveza me acompañó, deseando el regreso de la negra, así como el buen gato negro que termina siendo un elíxir cuando la soledad es buena compañía, pero lo que más disfrutó es un buen aguardiente, ojalá frío, doble con cara de triple como decía la protagonista de la versión original de la novela “remasterizada” por estos días en algún canal nacional, hasta que un día guardé todo el trago que me regalaron y regué lo que no había terminado, porque ya no me interesaba compartir con él, con el buen licor que disfruté en mis alegrías y tristezas, porque al igual que el verdadero amor, hay que dejarlo ir, que tome camino, quizás sin retorno o volviendo con más fuerza, pues una pausa es necesaria, el cuerpo lo agradece, el cerebro lo celebra, aunque la garganta lo extrañe, con el recuerdo de lo vivido, la esperanza por lo que viene pero sin el anhelo de que vuelva, pues si vuelve se disfrutará pero si no vuelve, no se extrañará.


PD: Al cierre de esta columna, el alcohol llamó, porque un amigo necesitaba desahogarse y una velada de despecho no puede darse sin trago...por supuesto, llegó y se fue...

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