#Nencatacoa
Lo que más tiempo me tomó al momento de iniciar este escrito fue escoger el título. ¿Uso una frase llamativa, un titular al mejor estilo de El Espacio, o algo con una orientación más filosófica? La verdad no se me ocurrió nada. Quiero opinar sobre este saber bellísimo, importante para la sociedad y lleno de complejidades, pero que a lo largo de la historia ha estado mal orientado, producto de la ceguera más oscura que puede existir, la de los sabios.
La economía, en una definición básica –y por ello precisa, clara-, se
entiende como el estudio de las causas que determinan las forma como los seres
humanos realizan actividades de extracción, producción, distribución y consumo
de recursos en el día a día; la naturaleza de estas causas es tan compleja como
el ser humano y la sociedad mismas. Desde su nacimiento, el estudio de la
economía se nutrió de diferentes saberes para dar explicación a su objeto de
estudio, con un método riguroso y ordenado que le dio a la física un atributo
hermoso y propio de las verdaderas ciencias, capacidad predictiva.
¿Cómo culpar a los estudiosos de la economía de poner su atención en el
saber científico? En la actualidad, el aporte que ha realizado la ciencia al
pensamiento de la economía es invaluable, solo por resaltar uno: el rigor
analítico, la construcción perfectamente bien hilada de los argumentos gracias
el razonamiento matemático, el interés por eliminar cualquier incoherencia
lógica en la formulación explicativa. La ciencia hizo del análisis económico un
cuerpo robusto, y un economista que no atribuye a la ciencia la importancia de
su influencia es un necio.
El saber científico resultó para los economistas tan bello como un canto de
sirena, y la promesa de crear marcos explicativos, que hicieran las veces de un
oráculo, los llevó al exceso. A finales del siglo XIX, el saber científico pasó
de ser una fuente a convertirse en el objeto principal del análisis económico y
en el intento de convertir la economía en una ciencia -a como diera lugar-
controvertir empezó a ser sinónimo de desacreditar, y todo análisis que no
estuviera dentro de los parámetros del estudio científico recientes eran
“palabrería barata”, aun cuando desde su nacimiento la economía avisaba que por
la naturaleza de su objeto de estudio le sería difícil crear marcos
explicativos iguales a los de la física.
Así, el racero para analizar las ideas de los economistas, lejos de ser objetivo y entenderse desde el objeto de estudio al que respondía se convirtió en un acto dogmático, y en una mala y soez interpretación de las ideas newtonianas que tuvieron lugar, se gestaron los más grandes adefesios intelectuales; marcos explicativos que claramente violaban lo principios fundamentales de la ciencia y tampoco daban a los fenómenos económicos una explicación que fuese más allá de lo circunstancial y que pudiese atenderse como algo más que una opinión escrita de forma bonita.
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