#Chaquen
El célebre religioso Robert Malthus (1766-1834) en su Ensayo sobre el principio de la Población indicó que, para superar la escasez de alimentos y las hambrunas, la población no podía crecer más y que las guerras, las pandemias y demás eventos extraordinarios que frenan la expansión de la población eras “saludables” para asegurar la subsistencia.
Por supuesto, afirmaciones tal literales como las referenciadas de Malthus en el siglo XIX en plena Revolución Industrial no sólo tenían el sesgo confesional de la Iglesia Protestante, sino que enmascaran una realidad clara: la necesidad de la economía de tener mano de obra barata que trabajara en las fábricas nacientes, sin ningún tipo de seguridad social ni los “privilegios” que hoy en día, la masa de trabajadores tiene.
Pero más allá de las consideraciones económicas y sociales de la demografía, reflejados en indicadores como la tasa de natalidad, la tasa de reproducción, la mortalidad y las relaciones con el mercado laboral, es claro que las epidemias, las pandemias y las guerras siempre han estado en el avance de las civilizaciones.
En este caso, la modernidad ha vivido muchas guerras, tan infames y sangrientas como las dos guerras mundiales y los conflictos desatados después en el marco de la Guerra Fría, sin olvidar los enfrentamientos asociados a las creencias religiosas, la explotación de los recursos naturales como el petróleo, el caucho, y por supuesto, las guerras asociadas al tráfico de drogas.
Pero ya sabemos que las guerras son un negocio en la cual siempre se favorecen los mismos y donde las víctimas las ponen los de mayor vulnerabilidad social, pues no sólo son los muertos, sino todo lo que concierne a la guerra: desplazamiento forzado, desempleo, secuestro, extorsión, trata de personas, etc.
El tema es que la sociedad “moderna” nunca había vivido una pandemia. El único antecedente que retratan los historiadores del siglo XX es la gripe española y que dejó un montón de muertos y obligó a confinamientos y cierre de fronteras, en un periodo posterior a la Primera Guerra Mundial (1914-1918).
En este periodo, la sociedad seguía en el dilema de lo silvopastoril y la urbanización como necesidad para robustecer la industria, sin conocer los avances tecnológicos y médicos de la actualidad, por lo que los registros son mínimos y las soluciones médicas, curiosamente son las mismas de hoy: aseo e higiene personal.
Lo curioso del último año vivido en occidente es que la solución se ve lejana, no sólo por lo lento que puede resultar el proceso de vacunación masiva que aseguraría en el corto plazo una inmunidad de rebaño, como indican los expertos, sino porque todo depende del comportamiento del ser humano, tan diverso como complejo desde lo mental hasta en sus relaciones sociales, que la incertidumbre no mantiene en una especie de cadalso.
Ahora, todos nos preguntamos: ¿La pandemia es el resultado del accionar del hombre? ¿Es la invasión a la naturaleza de los animales la que desató el virus? ¿Será el hombre que creó el virus y lo extendió para beneficio de alguien? ¿Es el principio del fin? ¿Es uno de los jinetes del apocalipsis? ¿Será el cambio climático? ¿Las teorías de las conspiraciones tienen sentido?
Y todos esos interrogantes todavía no tienen respuesta, quizás porque en algunos casos no existe ni va a existir o porque existen, pero no conoceremos la verdad en el presente. Pero es claro que el hombre, como ser supremo de la Tierra es por naturaleza un devastador, que nadie puede controlarlo ni hacerle entender que los recursos hay que cuidarlos, que hay que respetar el ecosistema y la interacción con los demás seres vivos, que nuestra voracidad por extraer y extraer y extraer sin ningún sentido o con la disculpa que “hay pobres” y “muchas necesidades por satisfacer” nos invita a reflexionar en nuestras actuaciones diarias, pues la teoría de los murciélagos puede ser cierta, pero la culpa no es de ellos, es de nosotros, que invadimos su territorio y que sólo, la naturaleza nos puede “parar” en el deseo que sacarle provecho a todo.
La naturaleza es sabia y cuando hay un desequilibrio, ocurren eventos que nadie puede predecir para compensar los daños del hombre, reflejado en terremotos, maremotos, monzones, sequías y demás desastres naturales que nos acompañan todos los días, porque el hombre en su creencia de ser superior omite que hay alguien mejor y sabio: sus propios pecados.
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