#Nencatacoa
“Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar, es un idiota; quien no osa pensar es un cobarde.” Francis Bacon
Una de las razones por las que más me gusta escribir es la sensación de libertad. Muchos la encuentran haciendo parapente, otros lo hacen a través de un instrumento musical; en mi caso, estar frente a una hoja y tener la oportunidad de vomitar ideas me resulta un placer inigualable. Por vomitar la idea, me refiero al hecho de soltarla, mandarla a la luz, aunque en realidad es algo más parecido a parirla. Cuando empieza a ver la luz, la idea me mira, me analiza, me juzga por lo que he hecho de ella, por el sentido que le he dado y el destino que le deparo. Algunas veces me mantengo en mi posición y la obligo a ser lo que yo quiera que sea; en otras ocasiones me conmueve, me disuade para darle otro lugar y forma a ella y a sus hermanas. Escribir tiene un fondo, un soporte, la reflexión; es decir, escribo porque es el instrumento a través del cual reflexiono. Por este motivo, la escritura libre es mi favorita, aquella que no espera nada de su lector, que existe incluso con la desilusión de un creador que esperaba de ella algo mejor, esa escritura que no pasa por un comité editorial ni está sujeta a la aprobación de pseudo intelectuales que le venden a la gente cócteles compuestos por pseudo ciencia, esperanzas de progreso y fe, para mantener sus minifundios de prestigio social y sus sueldos. Como la reflexión es la piedra angular que me motiva a escribir, merece ser el centro del primer capítulo de esta serie.
Con su popular “cogito ergo sum”, Descartes demuestra su existencia. No sabe si lo que él cree tener a su alrededor existe, o si es obra de un duende maligno que lo engaña, no puede garantizar que su forma corpórea sea real siquiera; lo que sí puede garantizar, es que si se está preguntando tanta pendejada lo está haciendo desde algún lado, en algún lugar, y eso implica que es que está en algún lado, que existe. Es decir, la única prueba sólida que cada uno tiene de existir es la reflexión. Ahora, si somos lo que creemos ser o en realidad somos la simulación computarizada de alguien, es algo que a la fecha no hemos podido resolver, pero de una u otra forma existimos. Esto nos lleva a varias preguntas, como el significado de estar vivo, el significado de pensar, la relación entre lo que existe, lo que está vivo y lo que piensa. Estos temas ameritan sus propios capítulos.
La reflexión tiene una hija, la imaginación, y es ésta el motor de la actividad humana. Es el hecho de imaginarnos cosas, de conceptualizar elementos que no existen a partir de los que conocemos, y posteriormente el materializarlo, lo que hace que el ser humano genere cambios en su ambiente, y con ello su propia forma de vivir.
Con esto, me resulta inevitable llegar a un punto, seguramente el lector llegue a otro, y es la importancia de la educación para nuestra supervivencia. Con esto, no hago referencia al respecto por las diferentes formas de vida, por el planeta en sí, por la convivencia con nuestros congéneres, estos son temas que me resultan importantes desde mi postura moral y ética, pero no tienen nada que ver con este artículo. Me refiero a la subsistencia biológica, a la posibilidad de prolongar nuestra existencia más allá de la existencia del planeta mismo; esto no podemos lograrlo si nuestra conciencia colectiva no aumenta, y la conciencia colectiva depende de las conciencias individuales. Así, reflexionar no solo es un acto que nos permite ir más allá de nuestras posibilidades físicas como especie, sino que es un elemento fundamental para perpetuarse a nivel colectivo. Quisiera cerrar este escrito con una frase inspiradora, elegante, gramaticalmente seductora, pero la verdad no se me ocurre nada.
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