miércoles, 1 de diciembre de 2021

COSAS

 

#Nencatacoa


El tesoro más preciado del saber científico es la capacidad explicativa, y con ello la capacidad predictiva; son dos piedras preciosas de una misma joya y usualmente, cuando la primera es de baja calidad, la segunda también lo es. Con la presencia de este tesoro, le viene al ser humano un problema que no ha logrado resolver, y es qué hacer con todos esos saberes que, sin ser ciencia, sin poseer esa calidad explicativa y ese poder predictivo, igualmente son útiles para el día a día del ser humano y la relación con su entorno. Esta columna está dedicada a ese segundo tipo de saber. Para efectos de puntualizar, la premisa que motiva esta columna es la única que considero en este momento de mi vida como totalmente cierta, y es que el mundo es un escenario donde hay cosas sucediendo. Si, así de sencillo, corto –y probablemente mediocre-.


Físicamente, en el mundo hay cosas pasando en el horizonte de tiempo, muchas cosas ocurriendo de forma simultánea, y la vida de los seres humanos es, hasta que encontremos prueba de algo distinto, una de esas cosas que pasan de forma simultánea y continua. En ese sentido, la predestinación, el merecimiento, no son más que bifurcaciones e interpretaciones subjetivas, basadas en el concepto propio de justicia y lógica, que le permiten al ser humano caminar sintiendo que su vida tiene algún sentido; la noción de justicia es a la larga un atajo heurístico que nos da funcionalidad individual y social, y estabilidad emocional. Reducir a este concepto la vida humana puede ser incómodo para muchos, porque abre la puerta a concluir que la vida no tiene ningún sentido. Por el contrario, creo que abre una puerta totalmente opuesta y maravillosa, y es que la vida tiene el sentido, la orientación y la interpretación que a cada quien le dé la gana, es un concepto que, lejos de dejarnos en mitad de la nada, nos libera. 


Esa primera premisa me lleva a una segunda idea, que surge de mi experiencia y percepción de lo que es la justicia, el merecimiento, el destino, el porqué de las cosas en últimas. Si lo que hay son cosas pasando y ya, y acorde a ciertas decisiones que tomamos es que ocurren unas cosas, pudiendo ocurrir otras si nuestras decisiones fuesen distintas, entonces la vida es al final el resultado de las decisiones. Esto no implica que si tomo “x ó y” decisión pasarán a, b ó c cosas con total seguridad; para nada, la probabilidad está presente y con ella la incertidumbre, la probabilidad de la muerte súbita o que nos caiga un rayo siempre estará ahí. Lo que hasta el momento presiento realmente de la vida, es que si tomo ciertas decisiones se vuelve más probable que pasen ciertas cosas, y eso hace que en últimas la vida se oriente a parar un momento, pensar qué cosas quiero, desde mi subjetividad y muy reducida capacidad analítica y predictiva, y tomar aquellas decisiones que hacen que la probabilidad -de que ocurran esas cosas que quiero- aumente. En el mismo sentido, evitar aquellas decisiones que aumenten la probabilidad de encontrarme con cosas indeseadas. 


Ahora bien, ¿Cuáles son esas decisiones adecuadas, que nos acercan a eventos deseables? Claramente la respuesta a esas preguntas es subjetiva y depende de cada persona. No creo en la validez universal sobre las preguntas fundamentales del sentido de la vida del ser humano, pero sí creo firmemente en la importancia y el crecimiento analítico y emocional que genera para cada ser humano el preguntarse de manera propositiva y constante por el sentido de su vida. Por propositiva quiero decir que estoy en contra del existencialismo “emo”, que aparte de aburrido, insulso y poco creativo, atenta contra el principio fundamental de la vida, vivir.    


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