martes, 5 de abril de 2022

CAPITULO VI. EL COMPROMISO

#Nencatacoa


Lo que para los demás era una vida aburrida, para Amalit era la mejor. Otra mañana soleada en el tranquilo Orgonet, uno de los planetas que componían el mundo de las siete esferas; lejano de las otras civilizaciones, aunque no tanto como los habitantes de Orgonet quisieran. 


Transcurría el año bolbo*, posterior a la era del viento azul, y Amalit, un campesino humilde, recogía la cosecha de irarukos, frutos de color escarlata, apetecidos por la población y de cuya producción y comercio dependía el sostenimiento de Amalit y su hija adolescente, Aliat. Mientras Amalit recogía los frutos, su hija leía las grandes historias registradas en el libro I, titulado Eternas Preguntas, del Imukat**, y le decía a Amalit: “papá, tú eres grande, valiente y respetable como Alsair, pero tienes la dedicación por mí que tenía Itnas” nunca pensantes ser un guerrero?” A lo que Amalit respondió: “Mi pequeña Aliat, en nuestro mundo, donde la libertad de decidir es el principio fundamental, y gracias a la sabia orientación de tu abuelo, entendí hace tiempo que el guerrero solo tiene un propósito, la destrucción de algo; por eso amo ser granjero, porque siento que mi trabajo le aporta a nuestra comunidad”. Aunque Amalit no estaba muy convencido de esto en el panorama actual. 

 

Amalit es hermano mayor de Erenit e hijo del gran guerrero Alótit. Uno de los capítulos del libro I del Imutak, titulado Diálogos de un guerrero, relata el interesante diálogo entre Alsair y Alótit, el único guerrero del que se decía tenía una capacidad de batalla muy superior a Alsair. Nunca pelearon, por varios motivos: el primero, porque eran amigos desde niños; el segundo, porque Alótit se concebía a sí mismo como un guerrero de batallas, defensor de su pueblo, y molestaba a Alsair diciéndole que era un soldado de gimnasio; la tercera razón, porque ante la insistencia de Alsair, Alótit le había dicho que su voluntad era no pelear, que jamás levantaría su espada contra un amigo, que no le interesaba batallar fuera de una situación bélica que lo ameritara, y que si se atrevía a atacarlo, daría por sentado que no respeta su voluntad, lo más sagrado de un ornogita, y que automáticamente entendería que no es su amigo, ante lo cual no tendría otra opción que asesinarlo. Alsair nunca lo desafió, porque admiraba y quería profundamente a Alótit, y porque sabía que era verdad, que podría matarlo con relativa facilidad si quisiera, algo que tenía claro desde que pelearon juntos en la batalla de Malakot.     

 

Alótit educó muy bien en las técnicas de combate a sus hijos, aunque Amalit siempre fue mejor que Erenit, fue el menor quien decidió seguir el camino de su padre. Para Alótit era grato que sus hijos se apoyaran entre ellos, se amaran, y sentía un profundo orgullo porque sus hijos se habían convertido en personas de bien. Antes de morir, tuvo la oportunidad de declamar en su lecho de muerte: “En ustedes, hijos míos, veo cumplida la promesa que le hice a su madre, dedicar todos mis esfuerzos a hacer de ustedes hombres de bien, que desde sus habilidades y elección aporten a nuestra comunidad, que sean felices. Los amo, hijos.” 

 

Mientras Amalit hablaba con su hija Aliat, su vecino, con rostro triste llegó al huerto donde se encontraban. “Saludos, amigo mío” se acercó, lo abrazó, y le dijo al oído “la Gran Legión cayó, no sobrevivió nadie. Lo siento mucho. Mi esposa está recogiendo lo esencial y partiremos al amanecer hacia el planeta donde vive mi hermano. Es cuestión de tiempo antes de que lleguen, si lo desean, tú y tu hija pueden venir con nosotros. Mis respetos a la memoria de Erenit.”

 

 Aliat sabía lo que tenía que hacer, no necesitaba consultarle nada al Concejo de Sabios. Los Astarothis ya habían tomado 5 de las siete esferas, y la sexta no tenía resistencia militar. Solo quedaba la opción de establecer un último frente para retrasar a los Astarothis y permitir que la población civil se marchara. 

 

Aliat miró a su hija y le dijo: “Hermosa, debes irte con Caristot, yo debo ir a la guerra”. A lo que ella le respondió, con lágrimas en sus ojos “no te entiendo! Eres un farsante, tomaste un camino distinto al de mi tío, para a la larga compartir su final. ¿Dónde quedó tu reflexión sobre la guerra? Farsante!, metiroso!”

 

Aliat se arrodilló, la tomó de la mano y le dijo: “Tu abuelo me enseñó todo lo que hay que saber sobre el combate y la guerra, y me enseñó cuándo un hombre de paz debe ir a la guerra, como es el caso. No voy por venganza, no voy a vengar la memoria de mi hermano, él terminó donde quería, muriendo cobijado por el honor del guerrero. Voy por compromiso, porque es lo que compete en este momento, porque es necesario para que tú y muchos de los nuestros vivan.”

 

Después de las palabras de Aliat, Amalit lo miró y le dijo: “Entonces ve, cumple tu compromiso, y haz todo lo posible para ver. Espero que no tengas miedo, padre mío, y que después de tantos años arando la tierra, estés preparado para esta triste guerra.”

 

Aliat la miró, la besó en la mejilla y, antes de partir por su espada, le dijo a su hija: “Mi niña hermosa, claro que tengo miedo, y mucho, el miedo es lo que nos mantiene vivos, despiertos en la guerra, es un privilegio que solo los valientes sabemos aprovechar. Sobre mis cualidades para la guerra, la pregunta no es si estoy preparado para la batalla, la verdadera pregunta es si la batalla está preparada para mí.”   

 

*Para los orgonitas, la relación con lo que los humanos -seres de un territorio inconmensurablemente alejado- llaman física resulta un poco distinta. Los orgonitas entienden el mundo físico desde lo que llaman los cuatro oficios: el escalutia (agricultura), la mesokalia (capacidad de transformar un material en otro), la cronotaliastis (capacidad de curar) y la emitodialis (capacidad de entender el mundo y proyectar el futuro, pero no adivinarlo. Los tres primeros oficios se aprenden por la tradición y se considera que cualquiera, con el entrenamiento e interés necesarios puede dominarlos, mientras que la emitodialis se considera un don, viene con la persona y quien lo posee usualmente es formado desde niño para pertenecer al Concejo de Sabios, encargado de determinar la organización y decisiones de política pública.

 

Del mismo modo, su sistema numérico no es decimal. El año bolbo, la tercera gran era, transcurre aproximadamente 800 milenios humanos después de la era del viento azul, momento que dio inicio a todo lo conocido, muy anterior a lo que los seres humanos llaman el Big Ban, que para los orgonitas se conoce como el año turakio, y transcurre aproximadamente 180 milenios humanos después de la era del viento azul.

 

**En orgonita, Imukat traduce “el libro de todo lo conocido”, un compendio donde se encuentra toda la historia y la ciencia conocida por los orgonitas, y que es leído por todos ellos, iniciando desde que son niños. La adultez biológica de un orgonita coincide con la terminación de la lectura del Imukat.

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