#Nencatacoa
Lo que para los demás era una vida
aburrida, para Amalit era la mejor. Otra mañana soleada en el tranquilo
Orgonet, uno de los planetas que componían el mundo de las siete esferas;
lejano de las otras civilizaciones, aunque no tanto como los habitantes de Orgonet
quisieran.
Transcurría el año bolbo*, posterior a
la era del viento azul, y Amalit, un campesino humilde, recogía la cosecha de
irarukos, frutos de color escarlata, apetecidos por la población y de cuya
producción y comercio dependía el sostenimiento de Amalit y su hija
adolescente, Aliat. Mientras Amalit recogía los frutos, su hija leía las
grandes historias registradas en el libro I, titulado Eternas Preguntas, del
Imukat**, y le decía a Amalit: “papá, tú eres grande, valiente y respetable
como Alsair, pero tienes la dedicación por mí que tenía Itnas” nunca pensantes
ser un guerrero?” A lo que Amalit respondió: “Mi pequeña Aliat, en nuestro
mundo, donde la libertad de decidir es el principio fundamental, y gracias a la
sabia orientación de tu abuelo, entendí hace tiempo que el guerrero solo tiene
un propósito, la destrucción de algo; por eso amo ser granjero, porque siento
que mi trabajo le aporta a nuestra comunidad”. Aunque Amalit no estaba muy
convencido de esto en el panorama actual.
Amalit es hermano mayor de Erenit e
hijo del gran guerrero Alótit. Uno de los capítulos del libro I del Imutak,
titulado Diálogos de un guerrero, relata el interesante diálogo entre
Alsair y Alótit, el único guerrero del que se decía tenía una capacidad de batalla
muy superior a Alsair. Nunca pelearon, por varios motivos: el primero, porque
eran amigos desde niños; el segundo, porque Alótit se concebía a sí mismo como
un guerrero de batallas, defensor de su pueblo, y molestaba a Alsair diciéndole
que era un soldado de gimnasio; la tercera razón, porque ante la insistencia de
Alsair, Alótit le había dicho que su voluntad era no pelear, que jamás
levantaría su espada contra un amigo, que no le interesaba batallar fuera de
una situación bélica que lo ameritara, y que si se atrevía a atacarlo, daría
por sentado que no respeta su voluntad, lo más sagrado de un ornogita, y que
automáticamente entendería que no es su amigo, ante lo cual no tendría otra
opción que asesinarlo. Alsair nunca lo desafió, porque admiraba y quería
profundamente a Alótit, y porque sabía que era verdad, que podría matarlo con
relativa facilidad si quisiera, algo que tenía claro desde que pelearon juntos
en la batalla de Malakot.
Alótit educó muy bien en las técnicas
de combate a sus hijos, aunque Amalit siempre fue mejor que Erenit, fue el
menor quien decidió seguir el camino de su padre. Para Alótit era grato que sus
hijos se apoyaran entre ellos, se amaran, y sentía un profundo orgullo porque
sus hijos se habían convertido en personas de bien. Antes de morir, tuvo la
oportunidad de declamar en su lecho de muerte: “En ustedes, hijos míos, veo
cumplida la promesa que le hice a su madre, dedicar todos mis esfuerzos a hacer
de ustedes hombres de bien, que desde sus habilidades y elección aporten a
nuestra comunidad, que sean felices. Los amo, hijos.”
Mientras Amalit hablaba con su hija
Aliat, su vecino, con rostro triste llegó al huerto donde se encontraban.
“Saludos, amigo mío” se acercó, lo abrazó, y le dijo al oído “la Gran Legión
cayó, no sobrevivió nadie. Lo siento mucho. Mi esposa está recogiendo lo
esencial y partiremos al amanecer hacia el planeta donde vive mi hermano. Es
cuestión de tiempo antes de que lleguen, si lo desean, tú y tu hija pueden
venir con nosotros. Mis respetos a la memoria de Erenit.”
Aliat sabía lo que tenía que
hacer, no necesitaba consultarle nada al Concejo de Sabios. Los Astarothis ya
habían tomado 5 de las siete esferas, y la sexta no tenía resistencia militar.
Solo quedaba la opción de establecer un último frente para retrasar a los
Astarothis y permitir que la población civil se marchara.
Aliat miró a su hija y le dijo:
“Hermosa, debes irte con Caristot, yo debo ir a la guerra”. A lo que ella le
respondió, con lágrimas en sus ojos “no te entiendo! Eres un farsante, tomaste
un camino distinto al de mi tío, para a la larga compartir su final. ¿Dónde
quedó tu reflexión sobre la guerra? Farsante!, metiroso!”
Aliat se arrodilló, la tomó de la mano
y le dijo: “Tu abuelo me enseñó todo lo que hay que saber sobre el combate y la
guerra, y me enseñó cuándo un hombre de paz debe ir a la guerra, como es el
caso. No voy por venganza, no voy a vengar la memoria de mi hermano, él terminó
donde quería, muriendo cobijado por el honor del guerrero. Voy por compromiso,
porque es lo que compete en este momento, porque es necesario para que tú y
muchos de los nuestros vivan.”
Después de las palabras de Aliat,
Amalit lo miró y le dijo: “Entonces ve, cumple tu compromiso, y haz todo lo
posible para ver. Espero que no tengas miedo, padre mío, y que después de
tantos años arando la tierra, estés preparado para esta triste guerra.”
Aliat la miró, la besó en la mejilla y,
antes de partir por su espada, le dijo a su hija: “Mi niña hermosa, claro que
tengo miedo, y mucho, el miedo es lo que nos mantiene vivos, despiertos en la
guerra, es un privilegio que solo los valientes sabemos aprovechar. Sobre mis
cualidades para la guerra, la pregunta no es si estoy preparado para la
batalla, la verdadera pregunta es si la batalla está preparada para
mí.”
*Para los orgonitas, la relación con lo
que los humanos -seres de un territorio inconmensurablemente alejado- llaman
física resulta un poco distinta. Los orgonitas entienden el mundo físico desde
lo que llaman los cuatro oficios: el escalutia (agricultura), la mesokalia
(capacidad de transformar un material en otro), la cronotaliastis (capacidad de
curar) y la emitodialis (capacidad de entender el mundo y proyectar el futuro,
pero no adivinarlo. Los tres primeros oficios se aprenden por la tradición y se
considera que cualquiera, con el entrenamiento e interés necesarios puede
dominarlos, mientras que la emitodialis se considera un don, viene con la
persona y quien lo posee usualmente es formado desde niño para pertenecer al
Concejo de Sabios, encargado de determinar la organización y decisiones de
política pública.
Del mismo modo, su sistema numérico no
es decimal. El año bolbo, la tercera gran era, transcurre aproximadamente 800
milenios humanos después de la era del viento azul, momento que dio inicio a
todo lo conocido, muy anterior a lo que los seres humanos llaman el Big Ban,
que para los orgonitas se conoce como el año turakio, y transcurre
aproximadamente 180 milenios humanos después de la era del viento azul.
**En orgonita, Imukat traduce “el libro de todo lo conocido”, un compendio donde se encuentra toda la historia y la ciencia conocida por los orgonitas, y que es leído por todos ellos, iniciando desde que son niños. La adultez biológica de un orgonita coincide con la terminación de la lectura del Imukat.
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