#Nencatacoa
Hay columnas que se escriben solas. Con una revisión de ortografía y gramática, basta para parirla y dejarla a merced de aquel que guste leerla. Esta es una de esas columnas.
Siempre he creído que el
triunfo es mejor que el fracaso; de este segundo, solo lo considero relevante
si deja aprendizajes importantes que lleven al triunfo. Eso si: innegablemente, es el fracaso el mejor maestro, el más estricto, el que no negocia una nota. Muchos
lo ven como un fantasma, un demonio maligno, pero yo creo que si se le escucha,
es una entidad que nos aprecia, y por ello nos da las lecciones que valen, las
que no se olvida y, para pesar de la carne, las que duelen y dejan cicatrices
de por vida.
Cuando una persona logra ubicar
el fracaso en el asiento que le corresponde, el de un actor que trae tristeza y
enseñanza, cuando se le dimensiona como realmente es, toma forma, una forma
amable, y nos invita un café, dialoga, nos lleva a recordar, a proyectar, a
reir sobre nuestros tropiezo, y con ello, a sentirno bien sobre el recuerdo de
los triunfos pasados y el anhelo de los futuros. Saber que existe es de por sí
una invitación a triunfar.
El fracaso es un vecino que me
cae mal, es una mala noticia, una presencia que me incomoda. Aún así, he
aprendido con el tiempo que este incómodo vecino que nunca se irá;
independiente de si toca la puerta o no, siempre está al lado, observando,
incluso cuando triunfo. Espero que no sean recurrentes sus visitas; pero cuando
toque a mi puerta, lo esperaré con un café y dialogaré con él.
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