domingo, 23 de agosto de 2020

La confidencialidad y el precio del silencio



#Chaquen

Jorge Enrique Vélez, el popular “Tuerquita”, como lo apodó el gran @PajaritodeIvan salió de la Presidencia de la Dimayor en días pasados, después de una tediosa e infructuosa atornillada al poder, sin dejar mucho que contar en lo positivo y con las quejas de los directivos del fútbol local sobre los famosos derechos internacionales de TV, vendidos y revendidos a una banca de inversión gringa y de la cual, se sabe y no se sabe, por lo enredado del tema.
Pero independientemente de Vélez y sus actuaciones, quizás buenas para algunos, muy malos para otros, lo que refleja el bochornoso episodio es que si un empleado, por más importante que sea, no es indispensable y en cualquier momento le puede aplicar el ácido: “ha sido un placer”. Lo curioso es la indemnización, pues las cuentas no cuadran dentro de la legislación laboral, pero en los acuerdos de confidencialidad del sector privado todo es sujeto de arreglo.

En este sentido, el precio del silencio hace parte de los acuerdos mencionados, pero ni más faltaba criticar al personaje, porque sí, al contrario, una felicitación por esa platica, que Diosito se la bendiga y la sepa aprovechar, aunque todos quisiéramos saber, desde el morbo futbolístico, todos esos secretos por los que lo premiaron, después de una gestión que no cumplió los objetivos esperados, cuando sacaron al político huilense, que también pidió bono y como no se lo dieron, salió a ventilar cosillas en los medios, que causaron impacto pero sin ninguna consecuencia, por el momento, a menos que lo de la reventa de la boletería (caso recurrente en nuestros dirigentes) sea sancionado por la ley, como muchos esperamos.

Lo curioso de todo esto es que los secretos a voces de nuestro fútbol no son nada diferente a lo que siempre ha sido: tráfico de influencias, enriquecimiento lícito de unos pocos, contratos amañados, transferencias millonarias de nuestros cracks al exterior pero que no se reflejan en los equipos, la lloradera de todos los años porque no hay plata, pero ve uno las camisetas llenas de patrocinios, derechos de TV cada día más excluyentes y con un mayor retorno, y donde el espectáculo, a veces es paupérrimo y perverso. 

Y ante esta situación, sumado a la pandemia, el no querer reiniciar de algunos equipos, las trabas desde el gobierno tratando de influir (pusieron al nuevo presidente, “el coctelerito” diría el gran Iván), la lloradera porque la TV no les paga todo, como si los contratos no tuvieran derechos y obligaciones de parte y parte, surge la pregunta: Si el fútbol es tan malo desde lo económico: ¿Por qué siguen en el negocio?

La respuesta en los ochenta giraba en torno al narcotráfico y al blanqueamiento de dinero (lavado de activos en la jerga financiera actual) y las pasiones podían mover la política, la industria y demás negocios involucrados. La respuesta de hoy es que el negocio no es malo, pero son tan ávaros y ambiciosos, pero sólo quieren el lomo, como si a los negocios no necesitaran de plata para producir más plata, parafraseando a un productor porcícola antioqueño.

Lo más triste es que la prensa defienda el negocio y alabe el modelo actual porque trabajan en la cadena de TV que tiene los derechos y que, por un partido bueno, se diga que el nivel es competitivo, cuando en los últimos años nos eliminan fácilmente de la Libertadores y donde en la Sudamericana estamos porque todos los de mediocres para abajo. 

Y no hablemos del canal premium, porque es reflejo del despropósito de los directivos, que quieren más, pues al final el canal “que todos queríamos” no es el único culpable, es el que pone la cara y cobra, para que nuestros directivos se llenen los bolsillos y vendan lo poco que sale, para comprar camionetas, pagar viajes y enriquecerse, como casi siempre lo han hecho, mientras vivimos de los jugadores nacionales que triunfan en tierras europeas y americanas, haciendo de nuestra selección un producto decente, que mantiene el nombre del país por todo lo alto, pues el fútbol es el reflejo de la sociedad, donde los directivos son las alimañas que no aportan y desangran el espectáculo.

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