#Nencatacoa
Conforme la vida me iba
tratando mejor, a mi padre los años le pesaban cada vez más, y me era
reconfortante invitarle una partida y unos tragos, más desde la parcería de
unos buenos amigos que de la relación padre hijo. Esa noche tuvimos la
oportunidad de ser amigos y confidentes, de hablar un poco de lo que nos
gustaba y lo que no nos gustaba de la vida, y entre muchos de los temas sobre
los cuales conversamos hubo uno muy importante, la verdad olvidé cuál era, pero
con certeza sé que le dije -padre, recuerdo con mucho cariño y aprecio que tú
me dijiste que …..-, a lo que él respondió -hijo, la verdad no recuerdo haberte
dicho eso-. Ese momento fue trascendental, no por el ánimo de reprochar a mi
padre que no recuerde con exactitud todo lo que dice, ni mucho menos, sino por
el hecho de pensar en cuántas ideas que consideramos normas inamovibles de
conducta, dogmas de rectitud para la vida, banderas que se deben defender sobre
y a pesar de cualquier cosa, resultan tener su origen en un comentario
inapropiado, una broma, un accidente de la historia; cuán desconcertante
resulta pensar que nuestra escala de valores, el filtro de moralidad y los
derroteros de vida pueden ser el producto de acontecimientos accidentales.
Entendí con esto que nuestro
origen a la larga es tan incierto e inquietante como nuestro camino y final. La
vida adquiere un semblante mágico cuando tomamos conciencia sobre la
incertidumbre que inevitablemente la acompaña. Somos hijos del anacronismo,
nuestra conciencia fundamental está soportada en cosas que ya sucedieron y tal
vez solo a nosotros nos importen, -qué oportunidad más bella para construir el
camino a nuestro antojo.
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