#Nencatacoa
Cuando alguien cercano y querido se va, una avalancha de sentimientos copa el corazón, como cuando se deja la llave del grifo abierta y el platero se satura y se llena.
Escuchamos
la gotera: clic … clic … clic … clic, ese sonido del agua, saliendo a gotas de
un recipiente que tiene más contenido del que puede soportar; y sentimos una
irremediable necesidad de desocuparlo, el vaso recipiente lleno de muchas cosas:
odio, cariño, rabia, tristeza, amor; para lo que importa, el cuerpo solo sabe
que hay más de lo que cabe, y en una torpe reacción biológica el cuerpo cree
que el exceso realmente es de agua, y lloramos como si llorar sirviera, como si
ante la imposibilidad de vaciar el vaso la mímica ayudara a consolar, es como
putear al televisor sabiendo que los jugadores no escuchan, del mismo modo se
llora, pero el vaso sigue lleno.
Cuando
alguien cercano y querido se va, él no sabe que se ha ido, la palabra descanso
eterno es lo más elocuente que ha dicho la religión, ese ser ha descansado de
su condición de humanidad, de una situación en la que es susceptible de sufrir,
ha alcanzado el estado más puro y sublime posible, el de la nada, y como en un
equilibrio que se aferra a permanecer, al desocuparse deja un exceso en los que
lo quieren, en lo que lo piensan, nivelando cargas; ese exceso no es sólido, al
contrario, se diluye, pasma nuestra conciencia y nuestras posibilidades
emocionales, no lo vemos ni lo saboreamos, solo lo percibimos, y pesa mucho.
Cuando
alguien cercano y querido se va, pesa la nada, pesa la ausencia, pesa la
desaparición de aquel o aquella que dejó en nosotros experiencias y que, por lo
tanto, le debemos, para bien o para mal, una parte de lo que somos.
Cuando
alguien cercano y querido se va, la insoportable fatiga de la ausencia se nos
presenta y nos recuerda que hay en este mundo un poco menos de nosotros, de
nuestro recorrido; nos avisa que hemos presenciado la desaparición de una parte
de nuestra propia existencia.
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