miércoles, 26 de mayo de 2021

Cansancio, fatiga

#Chaquen

El exceso de alcohol es perjudicial para la salud es una frase que desde pequeños ha acompañado las campañas publicitarias de bebidas alcohólicas de todo tipo y nos acostumbramos al eslogan sin detenernos en que es más que cierto. Pero por supuesto, no les voy a escribir de lo bueno o malo de ingerir licor porque todos lo sabemos y a muy pocos les interesa el daño que hace para el cuerpo, y menos al Estado que recauda grandes cantidades de dinero en impuestos por la destilación que se hace en las regiones, por el buen ron, herencia del caribe y el sabroso aguardiente de caña, “de las cañas de mis valles y el anís de mis montañas”.

El exceso, desde su definición es algo malo, el problema es cuando se vuelve adictivo, desde amor correspondido y no deseado, así como el amor deseado y no correspondido, pasando por el fanatismo del fútbol hasta las múltiples ocupaciones del día a día, con internet a tope, varios programas de software abiertos, muchos archivos abiertos, el celular con las redes sociales pululan, sin el espacio necesario para tomarse una pausa.

Aunque a la fecha no he tenido COVID, las experiencias que se leen en redes sociales o testimonios de familiares y amigos cercanos se centran en el cansancio corporal y en las dificultades para respirar, durante y después de convivir con el virus. Lo curioso es que ese cansancio y esa fatiga siempre la hemos sentido, de una u otra manera, en las experiencias que hemos vivido.

El cansancio siempre nos agobia y siempre anhelamos salir de vacaciones, así no la pasamos viajando o viendo TV todo el día, engordando quizás o visitando a los familiares en las fiestas decembrinas, deseando que los días pasen lentamente y que el regreso a la actividad diaria se demore.

La fatiga la sentimos cuando por más que intentamos no podemos conseguir esos objetivos trazados, desde bajar de peso con rutinas o dietas, pasando por tratar de entender algún tema que se nos dificultad, trabajando día a día para ganar más dinero o conseguir algún reconociendo, donde todo se vuelve problemático y el estrés impera, hasta que llega el día en que se siente que los días pasan y no pasa nada o… todo pasa y yo no estoy ahí, en la esquina del movimiento, porque ya no interesa o nunca interesó pero no sé es capaz de reconocerlo.

En épocas de pandemia, el exceso de trabajo y de múltiples tareas en el hogar termina siendo perjudicial para la salud, no sólo por el encierro en sí, sino porque el tiempo pasa y la solución se siente lejana, pero también porque entre el trabajo, las labores de la casa como el aseo (incluido el personal), la preparación de alimentos, el recoger el domicilio, el ir a hacer mercado y demás, se siente más, se viven de manera intensa y porque las pausas activas no se hacen , por el frenetismo del día a día, del minuto a minuto.

Antes, el simple hecho de salir a caminar para ir al trabajo (tomar el transporte público, salir en el auto, montarse a la bici) eran pausas activas invisibles, necesarias, tanto en la mañana o tarde de ida como de regreso en la tarde o noche, sin olvidar los “motosos” por el lento tráfico en las grandes ciudades, por supuesto, sin ir al volante.

Ahora, las pausas activas son para mirar el celular, consultar el correo electrónico personal, llamar a una persona cercana, ir al baño, tomar una bebida sin dejar de trabajar, sin tomarse el tiempo para pensar, relajarse, embobarse con la belleza de la naturaleza (incluido “el caldo de ojo” masculino o femenino), pues los minutos que se pierden no me permitirán terminar la serie del streaming o ver el partido de fútbol que pasan en la noche.

Y esa vida frenética, sin poder dormir lo necesario o al menos, descansar lo que pide el cuerpo es precisamente el exceso de actividades de la vida humana, en constante movimiento, hoy aquí, mañana allá y más adelante, no se sabe adónde, sin la serenidad de disfrutar un buen momento, una charla con los amigos, un abrazo con los familiares, una mirada cómplice con alguien, una risa compartida, porque mientras los encierros obligatorios y voluntarios, van y vienen y vuelven, el anhelo de que todo vuelva a la normalidad es más un deseo que una realidad, no seremos como antes, estaremos cansados, fatigados, trataremos de comernos el mundo antes de que nos coma la cabeza, buscando revancha, redención, éxito, olvidándonos que nuestro principal objetivo es vivir, en pro de y para nosotros mismos, en el límite del todo, con todos y para todos.

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