viernes, 7 de mayo de 2021

UNA MALA HISTORIA DE BOXEO

 

#Nencatacoa

 

“No importa cuán estrecho sea el camino,

ni cuántos castigos lleve a mi espalda,

Soy el amo de mi destino,

Soy el capitán de mi alma.” (William Ernest Henley)

El coliseo está vacío, y ya está montado el ring, miro hacia los lados y no hay nadie. No recuerdo cómo o porqué llegué hasta aquí. “Deberías boxear, eso es muy bueno, te harás famoso y vivirás muy bien”, me decían. De un momento a otro miré hacia el suelo, tenía puestos los botines y los guantes, estaba listo, y cuando levanté la cabeza estaba toda la multitud expectante, aclamando mi nombre, mi sentimiento interior de ser un amateur que jamás se había subido a ese ring no rimaba con las ovaciones y la esperanza de todos en mi victoria. Atrás mío venía alguien, asumo que era el preparador físico, solo sentía que masajeaba mi trapecio con unos guantes quirúrgicos y me decía “lo vencerás, eres fuerte, eres agresivo, él te tiene miedo, hazle sentir tu ira.” Camino al ring no veía a mi oponente, solo hasta que ingresé lo reconocí, era el mismísimo Goro; apenas lo vi, sabía que perdería. No era que no quisiera pelear, solo quería, no sé, un poco más de entrenamiento, saber tirar un gancho al menos. El juez nos puso en frente el uno del otro, y Goro se paró erguido, triplicando mi estatura. Aun así, las ovaciones hacia mí y los insultos hacia él se reforzaron. En ese momento olvidé a mi oponente, solo pensaba en las ovaciones, en la fe que me tenían, en que esa esperanza merecía que, si no podía garantizar una victoria, ni siquiera una pelea digna, o peor aún, algo parecido a una pelea, sería mi sacrificio la moneda que pondría sobre la mesa para retribuir tanta gratitud. Correr no era una opción, nunca lo ha sido.

 

Sonó la campana y el round inició. Recordé algunos movimientos que vi en televisión, y opté por cubrir mis costillas, dejando totalmente al descubierto mi rostro. Goro me miró, frenó, y en vez de apuntar a mi cara, me golpeó al costado. Mi brazo sonó como un palo de balzo cuando se parte. Lo rompió, junto con mis costillas, no recuerdo momento más doloroso, ni momento de la vida en el que me haya sentido más frágil, sin elemento alguno para modificar lo que estaba pasando. El dolor fue tan intenso, que ni alientos para llorar me dejó. Y ahí estaba Goro, divirtiéndose con este ser que apenas respiraba y salpicaba sangre para todos los lados, conforme los golpes del oponente. Es como si estuvieran pintando una obra de Pollock conmigo. Cuando desperté, estaba abajo del ring, vestido, sin sangre, no había nadie, solo pensaba en la vergüenza de espectáculo que había dado. Hasta que me moví, ahí ya pensé en el dolor; por fortuna no me rompió las piernas, solo los brazos y las costillas, lo que no me permitía respirar bien, tampoco podía ver por la hinchazón del rostro. Como pude me levanté y caminé, caminé alrededor del coliseo, buscando la salida, pero solo podía caminar en círculos, como en la estación de tren de Matrix, caminé durante horas y horas, pero seguía viéndose el cielo como si fuesen las 6:00pm. Lo único que pensaba era que no iba a boxear de nuevo, que era mejor intentar otro deporte, como las damas chinas, más pacífico, y por demás, bueno para las articulaciones. En lo que pensaba eso, apareció una cocina eléctrica, unos vegetales y una olla con agua. Así que me dediqué a preparar mis alimentos.

 

Durante mucho tiempo me dediqué a dar vueltas alrededor del coliseo, entraba para ver si había alguien, pero no, vacío, y la muralla que bordeaba el coliseo era demasiado alta para saltarla. El cielo siempre se veía igual, y mi vida -no puedo decir mi tiempo porque no había relojes y al no anochecer ni amanecer no tenía sentido hablar de tiempo- la dedicaba a preparar mis alimentos. Después de comer y dar una vuelta por el coliseo, al llegar al mismo punto siempre estaba la olla con agua, la estufa encendida y los vegetales. Comía, mientras pensaba si tal vez, en lugar de las damas chinas, era mejor el ping pong. Un día me desperté y amanecí aburrido, necesitaba hacer algo diferente. Estaba tan desesperado del aburrimiento, que ser masacrado por Goro era una opción para eliminar el tedio. Capaz que esta vez me mataba y con ello se llevaba el aburrimiento.  ¿Pensaba en ganarle? jejeje no, ni por el putas, cada que pensaba en la primera pelea recordaba esa impotencia, ese dolor, no del cuerpo, sino del alma, de ver como pierdes y dar lo mejor de ti ni alcanza ni para moverte. Era como haber peleado contra un tsunami, un agujero negro, algo que sencillamente, independiente de lo que hiciera, no podía ser afectado, mucho menos lastimado, por mí. Pero bueno, qué más da. Entrené un poco más, por mi cuenta, corrí, hice ejercicio, como siempre había vegetales, comí más, me hice más fuerte, más resistente, esta vez el hp del Goro iba a necesitar por lo menos dos golpes para matarme, pensaba. Entrené como si fuera a enfrentarme a una familia entera de Goros; el señor Goro, la señora Gora, y los goritos, todos levantándome a pata y dejándome como cuando por accidente uno pisa un patacón en la cocina.

 

Volví al ring. Ante de subirme, escuché un ruido, al mirar al piso tenía los botines y los guantes puestos. No había entrenador, no había hinchada, nadie vino a verme, nadie me estaba alentando, no era el show de media noche, estaba allí porque me daba la gana estar; pero, al subir, ya no estaba Goro, era Thanos, un Thanos de cuatro brazos. En realidad, era el mismo boxeador, pero al parecer se había hecho unos retoquitos. Como en la película, me dijo con tono sereno: “No pudiste vivir con tu propio fracaso, ¿y a dónde te llevó eso? De vuelta a mí.” La verdad lo miré con neutralidad: él sabía lo que iba a pasar, y yo también. Así que solo le dije, “al menos un mueco te llevas esta vez malparido”. Thanos enfureció y vino hacia mí con todo, y yo hice lo mismo, me fui hacia él, y como sabía cómo venía el primer golpe, me corrí hacia atrás, le tiré un golpe y lo esquivó. Y allí vino un momento espectacular, hermoso, íntimo; por un momento, Thanos y yo nos hicimos amigos, en la mancomunidad del ring: en una fracción de segundo, después de esquivar mi golpe, me tiró uno a la cara, y adivinen qué, me lo sentó con una fuerza, que sentí como si me hubieran roto la jeta con una bola de demolición; lo íntimo del momento fue que el primer golpe lo anticipé porque lo conocía, pero este, si bien no lo pude esquivar, si lo vi, lo que bastó paradójicamente para que no me lo pegara en el oído sino en toda la cara. Pero lo vi, lo vi y Thanos se dio cuenta de que lo vi. Esta vez no me noqueó a la primera, me tiró al piso y con mis últimos alientos me enrosqué como un armadillo, soportando hasta que la cantidad de golpes y la pérdida de sangre me dejaron inconsciente. Me desperté en las mismas condiciones de la primera pelea. “Jueputa, porqué las costillas” pensaba, qué dolor tan hp. Pero esta ves fue diferente, lo que antes había sido la pelea contra un ser legendario, cuya forma de pelear sencillamente estaba fuera de mi comprensión, ahora era entendible para mí. Ya no era una deidad, solo era un oponente muy fuerte. Había visto su puño, y tuve esa misma sensación de esperanza que tuvo Seiya cuando vio por primera vez el puño de Aldebarán. Aun así, y agradecido con los resultados del entrenamiento, eso no escondía el hecho que me habían vuelto mierda otra vez, y que la diferencia de habilidad entre mi oponente y yo era abismal. “Muy chevre el esfuerzo y la mierda, pero tenemos que mirar con seriedad lo del ping pong”, pensaba mientras caminaba un poco alrededor de un coliseo que solo estaba adaptado para el boxeo.

 

Preparé mis vegetales, con la imagen del atardecer, sin saber qué día, qué hora era, muchos menos qué edad tenía. No recordaba caras, no recordaba nada, solo la de mi oponente, y en ese momento lo entendí; no podía hacer ping pong, damas chinas o nado sincronizado, esas eran actividades en las que pensaba mi cabeza, pero mi realidad, mi antes, durante y después era, por razones que no logro entender por completo, ese ring. La victoria? No, saber si mi destino es la victoria es algo complicado, pero hay una certeza, y es que estoy hecho para esto, no sé si para ganar, pero si para subirme y boxear, una y otra vez, y hacerlo cada vez mejor que la anterior.  


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