Lo descrito a continuación corresponde a una adaptación, exagerada, de hechos reales a la ficción.
Un mundo diferente, en otra época, con protagonistas usuales se libró una batalla para responder una pregunta milenaria.
En aquel tiempo se llevaba a cabo un torneo de guerreros agrupados por equipos. Cada equipo disponía de dos de éstos y, en general, ambos guerreros del equipo estaban dotados de armaduras y armas de igual calidad. Cada cierto tiempo se desarrollaba la competencia y el último guerrero en pie ganaba la jornada del día, el campeón era aquel guerrero con más victorias durante el año solar. Una de las reglas más importantes es que no se podían matar entre ellos, al menos no voluntariamente, pero el riesgo de morir era real. Muchas jóvenes promesas y leyendas habían perdido su vida en el campeonato.
Uno de los equipos tenía al mejor guerrero de todos, para algunos el mejor de todos los tiempos, Alsair. Dotado con todos los dones de los dioses: agilidad, resistencia, reflejos, inteligencia, suerte, encanto, físico y cualquier otra cualidad excelsa que se puede imaginar. En su palmarés ya contaba con victorias ante otros guerreros heroicos que simplemente se rindieron ante su poder.
Su “compañero” de equipo, Itnas, no tenía mucho más allá de haber sido su amigo en la infancia y cuyo progenitor logró ser campeón del torneo en una época poco recordada por todos. Todos los expertos y fanáticos lo consideraban un apoyo para el guerrero legendario, su papel no era más que facilitarle las cosas al ídolo. Al final de cuentas, ya llevaba varios torneos con el equipo sin lograr ser campeón.
El torneo empezó como cualquier otro, Alsair siempre favorito derrotaba a todos los otros sin mayor problema e Itnas lo seguía detrás sin poderle sacar ventaja en nada. El destino siempre favorecía a Alsair sin importar qué decisión o estrategia implementara Itnas.
Un día de descanso, la hija de Itnas le preguntó por qué nunca ganaba, por qué siempre Alsair era el victorioso. Con el dolor más intenso ocultado por una hipócrita sonrisa, Itnas no supo qué responder. Si bien sabía que su hija no tenía la intención de menospreciarlo, él sabía que las preguntas eran certeras “¿por qué no puedo ganar? ¿no lo merezco? ¿soy tan mala persona que los dioses y el destino no se compadecen de mí? tenemos la misma dotación, tenemos las mismas extremidades ¿qué pasa? ¿será el miedo a morir?”
El sentimiento lo acompañó muchas semanas, evitaba a su hija pensando que lo iba a recriminar por no responderle. De tanto pensar lo invadió la tristeza, y las siguientes jornadas no ayudaron tampoco. Desempeños vergonzosos lo llevaron a ni siquiera estar en los primeros puestos.
Sin saber qué más hacer, Itnas, en su desespero, en la agonía de una noche de insomnio, recurrió a lo único que podía aferrarse… su hija. Y pensó “… así me cueste la vida, voy a demostrarle a mi hija que alguien como yo sí puede ganar, quiero que la próxima vez que la mire a los ojos vea el orgullo de un ganador…” Tan rápido como pasó su pensamiento por la cabeza, así sintió como se llenaba de MOTIVACIÓN.
Sin perder tiempo y sin despedirse de su esposa e hija, Itnas salió de su hogar para recluirse. Cortó cualquier conexión con el mundo banal y mundano, su único objetivo: ganarle a Alsair. Sobrepasando cualquier tolerancia al dolor y cualquier medida de cordura, Itnas no hizo más que entrenar y entrenar, resguardado en su cueva mental y física, la promesa nacida del dolor condicionó su mentalidad, encontró la DEDICACIÓN.
En la mitad del año solar había una jornada histórica, el torneo se llevaba a cabo en un mítico coliseo donde la multitud y la expectativa estaban al máximo, es quizás una de las mejores jornadas. Todos los equipos, o al menos aquellos equipos chicos, esperaban ganar aquí - si bien no es el campeonato-, sí es un triunfo reputacional.
Sin embargo, todo transcurrió según lo esperado. Aquellos guerreros vieron como su esperanza de ganar se esfumaba ante el arrollador talento de Alsair, ya quedaban solo tres guerreros y él no tenía ningún rasguño. Itnas esperó a que Alsair despachara al tercero para así quedar en un mano a mano.
El sol estaba en el cenit, el reflejo de las armaduras cegaba a la audiencia. Itnas, sin pensarlo, se lanzó sobre Alsair quien en su arrogancia ni siquiera consideró serio el ataque…. los arrogantes nunca lo hacen… Sin embargo, la espada de Itnas logró cortar la mejilla de Alsair. Estupefacto, Alsair quedó inmóvil, se llevó la mano a la cara y sintió su propia sangre… el desconcierto lo hizo trastabillar.
Itnas, en su emoción de este pequeño logro, retomó la ofensiva, con más furia… pasó muy rápido, hasta hoy es difícil saber qué pasó, pero Itnas cayó al piso. Su furia, su motivación y dedicación, no fue suficiente. Alsair haciendo gala de su talento lo derrotó de un solo golpe.
Mientras era atendido por personal médico, Itnas no pudo contenerse más y rompió en llanto. Alsair era una pared, una montaña, el destino hecho carne, estaba en una dimensión imposible de alcanzar para el resto de los mortales. Aún así, entre lágrimas, su mente quedó con la sensación de tener en su espada la sangre de Alsair, pequeña muestra de que logró algo que no había hecho él o algún otro antes.
En la siguiente jornada, Alsair decidió atacar a Itnas de primeras, los otros guerreros respetando códigos antiguos abrieron campo para que ambos quedaran de nuevo mano a mano. Esta vez Alsair estaba atento, no iba a dejar que alguien como Itnas lo volviera a tocar. Por su parte, Itnas tratando de controlar su adrenalina atacaba con fuerza, pero sin orden. La batalla duró demasiado, el intercambio de golpes era interminable, al final ambos cayeron al mismo tiempo. Fuera de combate y de la jornada, la victoria se la llevó Nerho… ¿Otra leyenda quizás? Pero esa historia no hace parte de este recuento.
Al despertar Itnas y Alsair en la enfermería, este último le sonríe y lo felicita. Itnas en un estado de incredulidad lo único que puede hacer es asentir y decir gracias. De hecho, fue tan cordial la conversación que Itnas recordó su infancia cuando eran amigos. Pero el talento es envidioso y celoso, no le gusta ser desafiado. Siempre espera que el mundo se confabule para lograr el éxito. Se siente cómodo en la cima solitaria de la victoria. Lo ocurrido no fue más que una treta para distraer al enemigo.
Sin embargo, Itnas adquirió tanta CONFIANZA que en los siguientes meses logró empatar en victorias a Alsair. En la última de sus victorias, su hija saltó a la arena para abrazarlo, pero Itnas le dio la espalda, en ese momento su corazón se quebró, ya eran meses sin ver a su familia ni mucho menos hablarles. Aún no podía mirarla a los ojos, su promesa aún no estaba cumplida. Por más que su cuerpo gritara por abrazarla, sentir su cariño, decirle que lo está logrando, Itnas amasó toda su VOLUNTAD y siguió su camino sin decir palabra alguna.
Así llegó el último día, el día que lo definía todo. Cualquiera que quedara victorioso entre ellos dos, sería el campeón del año solar. La tensión se podía sentir en el aire, el público expectante por ver un hecho histórico con implicaciones profundas para su sociedad. La batalla no solo era Itnas contra Alsair, ésta representaba mucho más. Para las personas comunes una victoria de Itnas significaba la esperanza de lograr lo imposible, la pequeña luz que necesitan para darle sentido a su vida. Una victoria de Alsair implica la reafirmación de que lo divino es inmutable, que el destino de los hombres está escrito y solo aquellos tocados por los dioses tiene el derecho divino de triunfar.
Los combates de los otros guerreros son inconsecuentes para esta historia, al final quedaron los dos protagonistas. Alsair, que en su mirada tenía la furia de conseguir aquello que es suyo por derecho divino, los dioses y las estrellas han decidido que él es el elegido: el héroe, la leyenda y el mito. Itnas con la convicción de que su voluntad es capaz de alterar la realidad, influenciar las probabilidades y someter al talento otorgado por los dioses.
Ambos embisten, todo o nada. Los ataques no tienen piedad, tanto Itnas como Alsair están combatiendo hasta el fin, hasta la muerte. Algo lento pero metódico, Itnas comienza a acorralar a Alsair, quien en su frustración de no entender cómo llegó a esta situación, empieza a dudar. Cada golpe que da es más lento, con menos furia. Itnas se percata de esto y no desiste de su incesante ataque.
Alsair cae en el desespero, todo su talento no es suficiente, sus brazos no dan más. Itnas aparece ante él como un gigante impenetrable, al retroceder siente la pared contra su espalda… y lo sabe, no hay nada que hacer, está perdido, un golpe más de Itnas y la vergüenza de la derrota lo espera, ojalá al menos sea un golpe mortal que lo libere de las consecuencias.
Itnas también lo siente, la victoria absoluta está en sus manos, el golpe definitivo y su promesa quedará cumplida. La emoción lo embriaga, aprieta su espada con toda su fuerza y se alista para asestar el golpe. Sin pensarlo su espada se mueve en dirección a la cabeza de Alsair… en su delirio de victoria se queda ciego, la emoción empaña sus ojos… pero escucha un grito. Intenta retomar el control de su cuerpo, pero no puede.
Alsair cae de rodillas… la espada enterrada contra la pared de la arena… el público en silencio.
Alsair sangra profusamente… la espada se logra enterrar en la parte izquierda de su cara, a la altura de la sien y compromete el ojo izquierdo.
Itnas sabe que ya terminó todo, Alsair no puede pelear más y él sigue en pie. Campeón. Yergue su espalda, toma una bocanada de aire, su corazón se llena de satisfacción, levanta la mirada al cielo para recibir la luz del atardecer. El rostro de Itnas empieza a dibujar una sonrisa, la satisfacción de haber derrotado a Alsair y al derecho divino lo hace sentir realizado. Más importante aún, cumplió su promesa y puede ver a los ojos a su hija otra vez, la busca con la mirada en el público, y la ve descender a la arena de la mano con su esposa, su hija corre hacia él.
Con la emoción que solo un padre puede entender, sus brazos se abren en anticipación para recibirla. Sus piernas tiemblan de cansancio, pero están determinadas a anticipar el encuentro. Su hija ve a su padre orgulloso, imponente y victorioso. El color del atardecer enmarca este momento emotivo.
La multitud sigue en silencio hasta el punto que desaparece para Itnas y todo alrededor se oscurece… lo único que puede ver es a su hija acercándose. Ella llega al frente de su padre, lo quiere abrazar, pero se contiene. Itnas está inmóvil, sus ojos grises. Su esposa no demora en llegar y le toma la mano, con un gesto gentil le acaricia la cara y lo despide.
La victoria le ha costado todo a Itnas. Alsair logró enterrar una daga profundamente en el tórax justo antes de caer de rodillas. Lo único que mantuvo en pie a Itnas fue la euforia de su victoria, su espíritu le permitió estar un poco más en este mundo, sin embargo, no fue suficiente.
El campeón de ese año fue Itnas sin discusión. Alsair perdió un ojo y su encanto fue disminuyendo con los años. La herida en la sien será un recordatorio eterno de que alguna vez perdió, no importa si, tal como ocurrió, ganó los próximos 5 campeonatos de forma consecutiva. Todas las noches, en su mente recuerda como ese día el destino lo abandonó.
Ser historiador es difícil, se siente la obligación de cerrar la historia con un mensaje o moraleja, un análisis. Me tomó la libertad de ser eximido de esa responsabilidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario