#Chaquen
El inicio de la pandemia COVID-19 a mediados de marzo de 2020 conllevó a que gran parte de la fuerza laboral iniciara a operar desde su casa, lo cual implicó adaptarse forzadamente a una situación que el mundo actual jamás había conocido y donde los pasos hacia el teletrabajo en actividades tecnológicas ha se venía implementando, pero de forma lenta e insegura.
Por supuesto, cuando el teletrabajo se empezó a implementar sencillamente muchas personas lo tomaban como una forma de trabajar medio tiempo y aprovechar para hacer las “vueltas” que no había podido hacer el fin de semana o que no eran virtuales, lo cual iba en contra del propósito de implementar labores en casa y dar una mayor libertad y flexibilidad laboral. El tema es que muchas empresas no veían una productividad mayor y por eso los pasos eran lentos y sin la seguridad de que “el empleado” realizara las tareas encomendadas, acorde a su contrato, sin necesidad de tener al “jefe” pidiéndole “cuentas” todo el tiempo.
Lo curioso es que el confinamiento prolongado evidenció que el teletrabajo puede ser muy efectivo en la medida en que se cuente con la tecnología básica (PC + Internet + acceso a plataformas) y las personas realicen sus labores como corresponde, acorde a su contrato y sin necesidad de tener el “jefe” detrás. Por supuesto, en los trabajos “calificados” muy pocas veces se tiene al jefe pidiendo cuentas, lo que no implica que todos cumplan las labores realizadas, pues el profesionalismo se evidencia en la medida en que “menos quejas” existan.
Y gran parte de los oficios o profesiones se tuvieron que realizar desde casa, con sus pros y contras lo cual permitió que la economía siguiera su rumbo, con las pérdidas y ganancias que se generaran y acorde a las necesidades de las personas, encerradas en sus casas por orden y temor al contagio, dentro del proceso de selección natural de las especies planteadas por muchos científicos y donde sobrevivieron los “más fuertes”, los que tuvieron “suerte” y los que hicieron las cosas como corresponde.
La crisis económica y social que se generó por el confinamiento prolongado al inicio de la pandemia y por las restricciones que “iban y venían” en la medida en que los picos de contagio y la disponibilidad de UCIs lo permitían, se evidencian en varios aspectos:
- El desempleo prolongado en sectores de la economía que no resistieron y que sencillamente quebraron y hoy no han podido regresar porque no tienen capital de trabajo para volver.
- La ola de inseguridad en las grandes ciudades (y que hoy se traslada a los municipios cercanos), que con la disculpa de “no tener con que comer” azotan la falsa tranquilidad que existía antes y desconociendo que el crimen paga y es rentable para los que participan y para los que se “hacen los locos” para evitarlo (léase los gobernantes de turno).
- Las marchas en todos los países del mundo, pidiendo mayor intervención del Estado (somos todos) y de los gobiernos para solucionar no sólo los problemas de corto plazo, sino un montón de situaciones que aquejan a la sociedad contemporánea y que muestran el inconformismo del ser humano y las malas decisiones tomadas al elegir a nuestros gobernantes.
La situación actual es que la pandemia no ha terminado y las amenazas de un nuevo pico son latentes, a pesar que la vacunación avanza a pasos acelerados, todavía hay personas que no se han inoculado porque no les da la gana, porque creen que hay conspiraciones, porque no están de acuerdo, etc., que al final terminan viéndose como disculpas para el resto que ha cumplido su deber como ciudadano pero que en un estado social de derecho, la libertad debe primar, aunque hasta que el virus no llegue a alguien cercano, no se van a vacunar.
La nueva normalidad en las calles ya es evidente, la mayoría de las personas están haciendo sus actividades como si no pasara nada, excepto porque el tapabocas es una prenda más, como un llavero, una bufanda o unos lentes para la buena visión. El tema es que muchas actividades se siguen realizando desde casa, porque los jefes evidenciaron que, si se pudo trabajar año y medio de forma remota y con mayores productividades, se puede seguir haciéndolo “for ever” o al menos, hasta que las condiciones sean propicias para volver.
Pero no es volver por volver, como diría la canción mexicana, es regresar porque la presencialidad demuestra productividad, apropiación y transmisión del conocimiento, efectividad, asertividad y demás apelativos asociados al trabajo, sin olvidar la importancia para todos del contacto con otros seres humanos.
Muchas labores deberían seguir siendo virtuales o con alguna metodología mixta, pues lo que se ha mantenido desde casa es porque se es eficiente y productivo o porque las empresas o instituciones no tienen la tecnología necesaria o el espacio requerido y seguirán aprovechando la situación para reducir costos (en la mayoría de los casos las empresas sólo piden agradecimiento de sus empleados por mantener el contrato, pero ni 100 pesos de auxilio para pagar el internet o renovar el PC).
Otras actividades no han regresado a la presencialidad bien sea por las condiciones de la pandemia, los grupos de presión o sencillamente, como un acuerdo implícito entre trabajador, empleador y clientes. En el caso del sector educativo, la presencialidad en escuelas y colegios públicos debió regresar hace tiempos, es más, en el caso de los niños de educación primaria quizás el encierro se acepta por 2020 pero en 2021 ha sido una canallada, pues la virtualidad ofrecida no es más que una forma de despilfarrar recursos (eso si deben existir excepciones a la regla), lo cual se sabrá con el paso del tiempo.
En el caso de los colegios de educación secundaria la virtualidad ha sido compleja y los adolescentes de hoy -que vienen con el chip incorporado-, se adaptaron sin inconvenientes en la medida en que los recursos tecnológicos estuvieran disponibles y las distracciones (redes sociales) no afectaran la atención en las clases, aunque se evidencia un aumento en los conflictos internos y con el núcleo familiar, normales para esta etapa de la vida.
Por su parte, el tema en las universidades públicas y privadas (de nivel medio y bajo) el acuerdo implícito entre directivos, docentes y estudiantes es evidente: todos están cómodos con la modalidad remota. Los docentes son eficientes en su trabajo y han desarrollado competencia nuevas asociadas a la tecnología mientras que los estudiantes seleccionan a que le prestan atención y gracias a la telefonía móvil, pueden realizar otro tipo de actividades, quizás lúdicas (como se evidencia en los memes) o ingresaron al mercado laboral, por la situación económica. Al final, el buen estudiante se destaca en lo presencial porque estudia y en lo virtual, porque estudia igual o más.
Los directivos de las universidades desean volver pero las restricciones de las “aglomeraciones” han sido la disculpa perfecta para no hacerlo, pues si algo se ha evidenciado en muchas universidades es la falta de planificación y sentido común para programar clases presenciales y remotas al mismo tiempo (modelo con múltiples restricciones), sumado a la carencia de tecnología para que los profesores impartan sus clases desde un salón o desde una oficina, igual, si es virtual, desde casa es mejor.
El nuevo escenario es que, si no hay una oferta “virtual”, muchos estudiantes no podrán hacerlo, bien sea por decisión propia o porque las otras actividades son más importantes, lo cual aumentará quizás la brecha educativa en el corto plazo, sin que a nadie le importe.
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